
Ya les he contado alguna vez que tengo dos amigas, Janneth y Amaya, que llevan la mejor tienda de cremeríos del mundo. La tienda se llama Kiehl’s y está en Fuencarral en medio de todo el cogollo de la modernidad. Y el caso es que ya llega el sol y un servidor de ustedes que, aunque estoy que da gloria verme (o eso dice mi madre) pues ya tengo que ir cuidándome un poco. Y con los que me gusta el sol, tengo a Janneth y a Amaya absolutamente aterrorizadas. Y por eso les vengo a contar que he descubierto el mundo del Argán. El Argán no es un cantante pop griego que va a Eurovisión, que es lo que pensé al principio. El Argán es un aceite marroquí que es una pasada. Y les voy a revelar un secreto: yo soy seco. Me refiero a la piel, al pelo y esas cosas. Y el aceite de argán es una maravilla para los secos como yo. Y encima la cosa es tremenda porque hay un aceite que sirve para el cuerpo, la cara y el pelo. Y con lo desastre que soy para estas cosas, pues meto esto en el neceser y tan pancho. Y como estos días ya saben que estoy un poco sensible, pues una cosa que me ha gustado del argán es que forma parte de los “productos de comercio justo” que mola mucho porque ni emplean a niños para fabricarlos, ni pagan una porquería a los países productores y, por ejemplo, tienen la cosa esa de la igualdad social y pagan lo mismo a hombres y mujeres. Ya ven, guapo y solidario que soy. Para mi madre, quiero decir.
Saben de sobra que esto no es una publicidad, que Janneth y Amaya son buenas amigas y que yo tengo esa virtud de promocionar todo lo que hace mi gente, lo mismo si estrenan una obra de teatro que si te alisan la pata de gallo. Vayan a ver a mis dos joyas a Fuencarral y hagan el favor de decirles que van de mi parte, que les van a tratar a ustedes como si fuesen la mismísima Britney Spears.
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